logo-pol16

GUÍA PARA COMPRENDER LA POLÍTICA EN AMÉRICA

María Ramírez

foto-maria

por:

&

foto-eduardo

Eduardo Suárez

GUÍA PARA COMPRENDER LA POLÍTICA EN AMÉRICA

María Ramírez

foto-maria

por:

&

foto-eduardo

Eduardo Suárez

Quiero ser como Reagan

Septiembre 17, 2015

Republican U.S. presidential candidates Carson and Trump talk during a break at the second official Republican presidential candidates debate of the 2016 U.S. presidential campaign at the Ronald Reagan Presidential Library in Simi Valley

El verano de Donald Trump ha creado una atmósfera propicia para los ‘outsiders’ como el neurocirujano Ben Carson o la ejecutiva Carly Fiorina, que presentaron este miércoles su inexperiencia política como una virtud. Fue un argumento recurrente entre los aspirantes más convencionales, que acentuaron su perfil más alejado del ‘establishment’ para ganar músculo en la batalla electoral.

Pocos lugares tan propicios para hacer un elogio del ‘outsider’ como la biblioteca presidencial de Ronald Reagan, que fue elegido gobernador de California en 1966 sin haber tenido ninguna responsabilidad política y después de una exitosa carrera como actor. Reagan se definía como “el Errol Flynn de las películas de serie B” pero se hizo rico durante sus años en Hollywood. Al volver de la guerra en 1946, su renta anual rozaba los 170.000 dólares: unos dos millones de dólares al cambio actual.

Reagan no era un millonario del calibre de Mitt Romney o Donald Trump. En cierto modo su trayectoria era similar a la de aspirantes como Ben Carson o Carly Fiorina. Se había criado en una familia de orígenes humildes y había alcanzado un éxito razonable en su profesión antes de sentir la llamada de la política durante aquella campaña a gobernador. Sus ocho años en Sacramento no desgastaron esa aura de político al margen del sistema que le empujó hasta la Casa Blanca en 1980. Pero también dejaron decisiones muy importantes en manos de sus colaboradores, que llenaron el vacío de un liderazgo más preocupado de los aspectos simbólicos de la presidencia que de gestionar los problemas del país.

Son detalles que no recuerdan los republicanos, que han convertido a Reagan en una especie de santo al que sus candidatos no pueden puntualizar o criticar. Apenas hablan de su voluntad de negociar con la Unión Soviética o de la regularización de millones de inmigrantes sin papeles en 1986.

Esa canonización tiene un motivo evidente: Reagan no es el último republicano que llegó a la Casa Blanca pero sí es el último que ejerció con éxito esa responsabilidad. Bush padre apenas fue presidente durante cuatro años y su mandato fue el preludio del ascenso de los Clinton. Bush hijo arrastra en su legado la Gran Recesión y el desastre de Irak.

Los candidatos debatieron este miércoles delante del Air Force One de Reagan. Un objeto de ‘atrezzo’ demasiado apetecible como para no mencionar al presidente en el fragor de la bronca electoral. John Kasich recordó que había volado con Reagan en el avión en sus años como congresista y Marco Rubio recordó cómo su abuelo Pedro le había transmitido el amor por la política al hablarle de su admiración por el presidente conservador. Pero ninguno fue tan lejos como Scott Walker, que se presentó como un clon de Ronald Reagan por su capacidad para tomar decisiones difíciles como gobernador.

Jeb Bush recordó (sin detalles) el espíritu compasivo con el que predecesor de su padre afrontó su política de inmigración y Ted Cruz evocó su dureza con la Unión Soviética. Pero el Reagan que dominó la atmósfera del debate fue el aspirante que llegó a la Casa Blanca como un ‘outsider’ dispuesto a poner Washington patas arriba con una revolución conservadora. No el que pactó sus presupuestos con los demócratas o el que se endeudó hasta los dientes para engordar el presupuesto militar.

Carson y Fiorina evocaron ese espíritu que bebe de la antipolítica y del populismo y que está marcando esta campaña electoral. “Los políticos toman las decisiones que les convienen, aquéllas que vienen bien a sus objetivos políticos”, dijo el neurocirujano que está a punto de alcanzar a Trump según algún sondeo electoral. “Quienes siempre han vivido del sistema no van a cambiarlo”, proclamó Fiorina.

El hartazgo ciudadano tiene que ver con la impopularidad del Congreso, cuyas dos cámaras están en manos de los republicanos desde hace 10 meses. Pero también con la influencia del dinero en la política, de la que se ha mofado a menudo el propio Donald Trump. Candidatos como Ted Cruz o Jeb Bush dependen casi por entero de los fondos de los grandes donantes. Trump presume de no aceptar donaciones y Carson ha empezado a recaudar dinero de pequeños donantes para potenciar su perfil de David contra Goliat.

Ése es otro de los efectos del verano de Trump: todos los aspirantes intentan presentarse como principiantes y (por ahora) ninguno quiere parecer presidencial.

    Ir al inicio