Necesidades básicas

Una generación hispana, universitaria y frustrada

Por Christopher Reeve

Sumar a la precariedad la maternidad lo hace aún más complejo. Foto / C. R. L.
Sumar a la precariedad la maternidad lo hace aún más complejo. Foto / C. R. L.

Decidió volver a estudiar consolándose en la idea de que se tomaba un riesgo medido. Se lanzó a la incertidumbre pensando que una segunda maestría, en educación internacional, otorgada por una de las universidades más anheladas de Estados Unidos, le abriría la puerta a la carrera de sus sueños. Eso fue en 2012. Ahora, un año después de graduarse de New York University, Gina Guerrero ha puesto a un lado su deseo de trabajar por el empoderamiento de las niñas y mujeres en Latinoamérica. Con $43,000 en deuda estudiantil y una sola oferta de trabajo, de sueldo insuficiente, en el campo que estudió, Guerrero, resignada, regresó a su vida de maestra de primaria.

Muchos latinos en Estados Unidos, como Gina Guerrero, descubren que una educación post-secundaria no basta para realizar sus sueños profesionales. Ni siquiera la experiencia profesional, las pasantías de primera clase ni las maestrías de las mejores universidades les eximen del fracaso.

“Me hace sentir un rencor por dentro”, dice Guerrero, de 33 años, nacida y criada en Manhattan de padres ecuatorianos. “Me da ganas de beber y fumar a cada rato”, dice, casi bromeando. Se ríe y después respira profundamente. “Es muy frustrante porque me imaginaba que a estas alturas tendría algo más seguro. Pensé que iba a ser feliz haciendo lo que quería hacer”.

En su apartamento en el Bronx, Guerrero y su esposo, Álvaro González, de República Dominicana y también de 33 años, discuten el cuidado de Joaquín, su hijo de siete meses. La madre de Guerrero viene todos los días de la semana laboral desde su casa en Long Island para cuidar al bebé mientras los padres trabajan.

Hace poco, Guerrero supo que su hermana, residente en el condado de Westchester, en los suburbios de Nueva York, quiere volver a estudiar para ganarse una maestría. Para ello, también le pidió a su mamá que cuide de sus dos hijos pequeños. Eso causa un dilema para Guerrero y su esposo, ya que no pueden asegurarse de tener recursos para contratar a alguien que cuide a Joaquín.

Gina Guerrero y Álvaro González. Foto / C. R. L.
Gina Guerrero y Álvaro González. Foto / C. R. L.

Guerrero aparenta ser un caso exitoso de la experiencia inmigrante en Estados Unidos. Su padre era portero en Manhattan. El sueldo de ese trabajo permitió que su esposa cuidara a sus hijas, las dos nacidas en Nueva York. Se criaron en un apartamento pequeño de dos habitaciones en el barrio de SoHo. La hermana menor de Guerrero estudió relaciones internacionales en Fordham University y, antes de dedicarse a su familia, trabajó en Naciones Unidas. Guerrero estudió historia y francés en Stony Brook University. Tiene una maestría en educación urbana de Mercy College. Durante ocho años tuvo varias posiciones de liderazgo en una escuela primaria en el Bronx. También pasó seis meses como pasante en UNICEF y ha tenido otras posiciones en educación, una de ellas como asesora contratada por el Estado.

“La educación es lo más importante”, Guerrero recuerda haber escuchado de sus padres. Su marido llegó de Republica Dominicana a pasar su primer verano compartiendo una habitación con cuatro familiares. Hasta ahora, González no ha terminado sus estudios post-secundarios. Ha tenido obstáculos que, según él, tienen que ver con falta de dirección de la universidad y por falta de dinero. Desde que se graduó de secundaria, siempre ha aportado financieramente a sus padres. Todavía les manda $300 al mes. González trabaja como coordinador de tecnología en una escuela secundaria en el Bronx y espera graduarse en computación de la universidad en 2016.

"Tengo remordimientos por haber gastado tanto dinero en estudiar"

Guerrero y González son propietarios de un apartamento de una habitación en el Bronx. Aunque los dos ganan sueldos relativamente buenos, después de pagar impuestos y cubrir sus gastos mensuales de casi $4,000, queda muy poco para ahorrar o disfrutar de una vida social. Como hacen muchos neoyorquinos, la pareja vive cheque a cheque. No lamentan no salir los días sábados. “Los fines de semana nos sentimos culpables por no pasar más tiempo con Joaquín”, dice Guerrero, “pues los pasamos con él”.

El Banco de Reserva Federal de la ciudad de St. Louis publicó un informe titulado “¿La educación superior por qué no protegió la riqueza hispana y negra?” [PDF] en agosto de 2015. El informe, que se basa en 20 años de datos, nota que las familias hispanas y negras con títulos en Estados Unidos no solamente no alcanzan el bienestar financiero de las familias blancas y asiáticas, si no que han sufrido la recesión más que las familias hispanas y negras sin títulos. El informe explica que los indicadores de ingreso y riqueza se multiplican mucho más para graduados blancos y asiáticos que negros e hispanos porque los del primer grupo “tienen más probabilidad de tener títulos post-grados o profesionales”, como las maestrías.

“Tengo remordimientos por haber gastado tanto en estudiar en la SIPA (School of International and Public Affairs de la Universidad de Columbia) como no te puedes imaginar,” dice Arthur Sprogis, de 32 años. “A pesar de que yo le exprimí todo lo que pude al lugar”, añade.

Sprogis, de madre dominicana y padre norteamericano, se identifica como hispano. Describe su maestría en Asuntos Internacionales, otorgada por una de las universidades más prestigiosas del planeta, como “un error de $120,000”.

Arthur Sprogis. Foto / C. R. L.
Arthur Sprogis. Foto / C. R. L.

William Emmons es economista y asistente del vicepresidente en el Banco de Reserva Federal de St. Louis. Es también coautor del mencionado informe sobre riqueza. El estudio no entra en profundidad al tema de tener una maestría, pero Emmons lo ha comenzado a investigar. “Parece sorprendente que individuos y familias con títulos post-grados experimentan tanta dificultad”, advierte. Un problema fundamental es la deuda estudiantil. Si lo que observa Emmons sobre licenciaturas se traslada a títulos post-grados, dice el economista, “negros y latinos asumen más deuda que blancos y asiáticos porque sus familias no tienen la capacidad de proporcionar el apoyo financiero”.

Emmons también reconoce el factor de discriminación en el mercado laboral. “Tenemos que seguir reconociendo que discriminación, aun cuando no es intencional, todavía existe”.

Para Arthur Sprogis, su maestría de Columbia no le ha abierto las puertas al mundo que esperaba cuando se endeudó. Alto y de piel morena, Sprogis sospecha que existe discriminación racial. Recuerda que, en las organizaciones dedicadas a responsabilidad social corporativa donde pudo trabajar una vez graduado, había pocas personas de color. Ganaba menos que todos sus compañeros aunque tenía igual o más educación y experiencia.

"No lo dijeron pero en la entrevista de trabajo había cierta vibra como de no esperarse a una persona marrón"

“Me siento miserable, esto me está afectando la vida de forma negativa", recuerda haber pensado. Así que se fue. La organización que dejó tenía una gerencia mayoritariamente formada por hombres blancos no hispanos. En cambio, el personal ajeno a los puestos directivos era, en su gran mayoría, mujeres. Sprogis observó lo mismo en otros lugares donde aplicó.

Aunque suele llegar al momento de la entrevista laboral, hasta ahora no logra traspasar ese trámite. Con nombre y apellido no latinos, Sprogis dice que sus rasgos físicos parecen sorprender a los entrevistadores. Cuando se entrevistó por Skype con una organización en Alemania, percibió un cambio en el comportamiento de los que le hablaban. "No lo dijeron pero había cierta vibra como de no esperarse a una persona marrón”, opina.

Arthur Sprogis intenta enterarse de quién consiguió el trabajo que él no obtuvo. Suele ser una mujer asiática o blanca no hispana. "Por género y etnia, yo quedo fuera”, analiza. Como Sprogis está bien conectado en el campo de la responsabilidad social corporativa, asegura haber podido desmentir motivos para el rechazo como el de “posición eliminada”, que le han llegado a dar.

En cierta ocasión la entrevistadora acusó a Sprogis de no haberse preparado convenientemente. En opinión de él, en cambio, era ella la que no se había preparado. Fue ese el momento en el que Sprogis comenzó a considerar los temas de raza y género. “Esa fue la primera vez que me dije 'espérate, si yo fuera una muchacha blanca hubiera conseguido el trabajo, porque quieren la misma cosa que ya tienen: un grupo de muchachas blancas'”.

Sprogis se mantiene con trabajos temporales. Aplazó uno de los préstamos estudiantiles. Su madre, que tiene licenciatura de New York University, lo ayuda con el alquiler.

“Aparte del tema financiero, encuentro la parte psicológica mucho más difícil de enfrentar”, dice. “A veces me siento muy desanimado. Encuentro difícil seguir aplicando y yendo a entrevistas. Esto me ha afectado mucho”, confiesa.

El pequeño Joaquín, hijo de Gina y Álvaro. Foto / C. R. L.
El pequeño Joaquín, hijo de Gina y Álvaro. Foto / C. R. L.

Nicholas Pearce es profesor de gerencia y organizaciones en Northwestern University. Pearce, un hombre negro, investiga en temas de discriminación. Es coautor de un estudio sobre cómo una cara de niño puede favorecer a hombres negros en su ascensión en la jerarquía empresarial. Según su análisis, ese rasgo físico hace que el sujeto sea percibido como más cálido y contrarreste la tendencia a temer al hombre negro que manifiestan algunas personas.

Pearce también trabaja como asesor, ayudando a personas de grupos históricamente marginalizados a ajustar su comportamiento teniendo en cuenta los prejuicios que sostienen la discriminación. “Si eres consciente de los estereotipos en tu contra, utilizas cualquier opción física o conductual a tu disposición para contrarrestarlos”, dice. “Para hombres negros en Estados Unidos, si quieren ser eficaces, tienen que emplear mecanismos físicos y conductuales para mitigar la percepción de ser una amenaza”. Para los latinos en Estados Unidos, el estereotipo predominante es otro: la falta de competencia.

Sprogis afirma tener el capital cultural requerido. Como Guerrero, estudió en una escuela privada en Manhattan, se crió en un barrio privilegiado, su madre tiene un título universitario y él se forjó una buena educación. Mientras que Guerrero dice no tener el capital social necesario —“no tengo las conexiones para acceder al tipo de trabajo que quiero en los lugares que quiero”, asegura— Sprogis sí parece tenerlo y aún así no logra ser contratado.

Una mirada a las páginas en Internet de algunas de las organizaciones donde Sprogis ha aplicado, como Context America o SustainAbility, demuestra una clara falta de diversidad tanto en la gerencia como en el personal no directivo. No hay caras ni apellidos que insinúen ascendencia latina. Como recalca el informe del Banco de Reserva Federal, blancos no hispanos y asiáticos están por un lado, con trabajo que les permite acceder a ingreso y riqueza y, por otro lado, aun con títulos caros y prestigiosos, latinos y negros de Estados Unidos, en este caso totalmente ausentes.

The New York Times y Siena College hicieron una encuesta sobre el bienestar de los neoyorquinos. Un 51 por ciento de los encuestados dice que apenas llega, o no llega, a fin de mes. Observando los resultados según la raza, los que admiten tener pobres expectativas de encontrar un trabajo adecuado son 12 por ciento para blancos no hispanos, 31 por ciento para los hispanos y 33 por ciento para los negros no hispanos.

No sorprende que los residentes del Bronx sean los que aparentan sufrir más. En ese barrio, el 36 por ciento dijo que en el último año no pudieron acceder a comida suficiente para alimentar a sus familias. Solo un 20 por ciento expresó que ellos y sus vecinos tienen buen o excelente acceso a trabajos adecuados.

Marina Velázquez, en su trabajo. Foto / C. R. L.
Marina Velázquez, en su trabajo. Foto / C. R. L.

Marina Velázquez, residente en el Bronx de 23 años, conoce la pobreza de primera mano. Velázquez, de familia puertorriqueña, pasó seis años de su juventud viviendo con varios familiares y en orfanatos. Ese periodo de desesperación comenzó cuando su madre, quien tiene una licenciatura y solo está a falta de 16 créditos para obtener una maestría, perdió su trabajo.

Velázquez asistía a la escuela secundaria mientras vivía en un hogar para desamparados. Ella recuerda que por su situación, a veces tenía poca paciencia en el aula. Un día una maestra le dijo que se fuera de la clase por mal comportamiento. Velázquez terminó en la oficina de un administrador. Ella le confesó cómo vivía. Mientras ella lloraba, él le habló de la importancia de la educación. “Me ayudó a ver que la única manera de salirme de la pobreza es la educación”, cuenta durante su media hora de almuerzo en un café en Manhattan, donde trabaja. “Comencé a mejorar, pasé todas mis clases, me gradué y me aceptaron en the College of Staten Island”.

Su vida de alumna universitaria era más difícil que la de secundaria. A Velázquez ya no le daban transporte ni comida. Para tomar el tren, saltaba por encima del puesto de peaje. “Me asustaba”, dice. Para comer, buscaba la bolsa de desechos que dejaban afuera de una tienda de donas. “Yo estaba subiendo de peso”, admite. “Estaba muy deprimida”. Tampoco tenía dinero para comprar un carné de identidad (entre 10 y 14 dólares) para poder aplicar a trabajos.

"Cuando el Gobierno dejó de darle ayuda, pidió préstamos estudiantiles. Su madre todavía debe dinero por su propia educación"

Fue una amiga que Velázquez conoció en la universidad quien la ayudó. La muchacha y su madre le dieron a Velázquez celular, comida, ordenador portátil y dinero para su carné. También le ayudaron a encontrar su primer trabajo. La dejaban dormir en su casa para que tuviera acceso a Internet y poder hacer la tarea. Las cosas iban mejorando. La madre de Velázquez consiguió trabajo y ambas alquilaron un apartamento tamaño estudio.

Velázquez, que casi no puede evitar sonreír cuando habla, trabaja como gerente del café. Cuando el Gobierno dejó de darle ayuda financiera para sus estudios, pidió préstamos estudiantiles. Su madre, quien todavía debe dinero por su propia educación, no quería que Velázquez cayera en lo mismo: por querer comenzar a pagar la deuda, Velázquez dejó sus estudios de relaciones internacionales para trabajar a tiempo completo. Piensa regresar a la universidad en 2016. También quiere una maestría en educación para ser profesora universitaria. A la vez, tiene sus dudas sobre el valor de la educación post-secundaria. “Por la manera en que se establece el sistema, es tan caro acceder a una buena educación que si yo al final la consigo voy a salir quebrada sin poder comprar nada”.

Aunque Guerrero y González viven en peligro financiero —si uno pierde el trabajo fácilmente llega a la quiebra— son relativamente exitosos. Hasta hay meses en que ahorran dinero para que su hijo Joaquín tenga fondos para estudiar en la universidad cuando sea grande y no tenga que dejar los estudios sin terminar por cuestiones financieras.

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