Necesidades básicas

En el epicentro

Por Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

Vecinos ayudando a la reconstrucción de las casas derruidas en Pedernales. Foto / JUAN CEVALLOS/AFP/Getty Images
Vecinos ayudando a la reconstrucción de las casas derruidas en Pedernales. Foto / JUAN CEVALLOS/AFP/Getty Images

La solidaridad consiste en estar mejor estando peor. Su lógica es inversa a la del éxito e, incluso, a la del instinto, de ahí que tanto escasee.

Después de que el médico cubano Rodolfo Navarro publicara en su timeline de Facebook un mensaje de apoyo a la comunidad ecuatoriana afectada por el sismo de la Costa Pacífica, y su mensaje se hiciera viral, y en el hospital de su comunidad le rechazaran la ayuda, y nada pasara con él en las siguientes veinticuatro horas, Navarro se preocupó, “porque tú sabes que los cubanos queremos todo urgente y podían pensar que yo era un figurín del face”.

Pero en la mañana del 19 abril, finalmente, integró una pequeña brigada de diez voluntarios y en un avión de la Fuerza Aérea voló desde Pastaza, en la región amazónica, hasta Manta. Alojados en una vieja fábrica de tubos que servía de refugio a casi cincuenta damnificados, la brigada, sin desempacar, comenzó a ofrecer consultas médicas hasta la medianoche.

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En la primera foto, asistencia médica en las calles de Manta. A la derecha, una voluntaria prestando ayuda a los damnificados. Fotos cortesía de Rodolfo Navarro.

Primero, dice Navarro, con escasos medicamentos, pero al día siguiente se fueron a la Universidad Laica Eloy Alfaro donde estaban conformando brigadas de modo más organizado y los voluntarios de Pastaza se unieron a un grupo de estudiantes de medicina, psicólogos y trabajadores sociales.

Formaron, durante seis días, un núcleo compacto que encontró en Tarqui, la zona de Manta más devastada por el terremoto, su bautismo de fuego. En medio del atrezo de la destrucción, los voluntarios ensayaron su puesta en escena en un puesto médico de campaña: atención general, traumatología, curaciones, y trabajo de campo por parte del grupo de estudiantes.

Una vez evacuada la población de Tarqui, se trasladaron como brigada móvil a diferentes poblados cercanos que, por haber sufrido menos afectaciones, aún no habían recibido asistencia médica: el barrio Los Sauces, asentamiento de pescadores; o el sector de los Ángeles de la Fabril, donde realizaron visitas a discapacitados y pacientes encamados.

Desde el comienzo, probablemente por su condición de veterano y su formación como médico militar, Navarro tomó el mando de las decisiones operativas. Recuerda especialmente el caso de una pequeña que desde hacía tres meses se atendía “con sobadores por un dolor intenso en la cadera, y al examinarla indicamos una radiografía de urgencia, la cual arrojó el diagnóstico de epifisiolisis de la cadera, un cuadro que por su gravedad amerita cirugía de urgencia. Logramos remitirla al hospital y, bueno, la operaron. La familia y la niña, muy agradecidas”.

A la izquierda, Navarro con una niña afectada por el sismo. En la otra foto, un edificio en ruinas. Foto cortesía de Rodolfo Navarro
A la izquierda, Navarro con una niña afectada por el sismo. En la otra foto, frente a un edificio en ruinas. Fotos cortesía de Rodolfo Navarro.

A su vez, en el sector de los Ángeles, hubo otra niña. Con infección en la rodilla y un cuadro clínico que empeoraba por horas. Terminaron drenándola. Antes de que la brigada se marchara definitivamente, la niña volvió con un regalo. Navarro, un tanto desconcertado, sabía que tener, lo que se dice tener, la niña no tenía más que las ropas que llevaba puesta, y no le parecía apropiado aceptar un regalo. Pero no era, el regalo, más que un gesto, la lección aprendida. Breve sinfonía en medio del caos. Casi una hermosa ridiculez.

Un pájaro que había caído y que la niña quería que lo devolvieran a su nido. Eso, en definitiva, es lo que hacen los médicos. Poner las cosas –los terremotos, los huesos fracturados– en su lugar.


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