Necesidades básicas

El futuro descarrilado

Por Diego Pérez Damasco

Una mujer haitiana en el campamento de migrantes en Peñas Blancas, Guanacaste, Costa Rica, el pasado mes de julio. 
Foto /AFP/Ezequiel Becerra/GettyImages
Una mujer haitiana en el campamento de migrantes en Peñas Blancas, Guanacaste, Costa Rica, el pasado mes de julio. Foto /AFP/Ezequiel Becerra/GettyImages

En Costa Rica, en el barrio Las Vueltas, a cinco kilómetros de la frontera con Nicaragua, hay un albergue sui géneris. Ahí, niños, mujeres —algunas de ellas, embarazadas— y hombres de diferentes nacionalidades llevan tres meses sobreviviendo el calor, el hambre y las inclemencias. No pueden salir. Se trata de 150 migrantes de origen africano y haitiano que están varados en Costa Rica, con el único deseo de seguir su camino hacia Estados Unidos y conseguir el  llamado sueño americano. Nadie los ve. A diferencia de los migrantes cubanos varados en Nicaragua hace meses, los medios nacionales e internacionales apenas han reparado en ellos. Salieron de sus países hace meses, incluso años, y han pasado una larga y agotadora travesía entre selvas, ciudades y decenas de fronteras. Están hartos de esperar.

En mayo, la migración de africanos y haitianos registró un crecimiento notable en Costa Rica. Se calcula que son miles los que circulan en este momento en el país, y solo 300 estarían en los albergues que el Gobierno tico ha implementado de manera un tanto improvisada, para evitar una crisis humanitaria. Ellos lo que quieren es proseguir su ruta al norte, pero Nicaragua les ha cerrado la frontera. Sus opciones son pocas: esperar a que el tiempo pase y se negocie una salida diplomática, o arriesgarse a que un coyote les ayude a seguir su camino.

“La situación es muy difícil. Hay gente que está tratando de llegar a Honduras, porque por Nicaragua no se puede. Lo único que le pedimos al presidente de Nicaragua (Daniel Ortega) es que nos deje pasar. Nuestro destino es Estados Unidos. Solo buscamos una vida mejor”, relata Carlos con desesperación, uno de los migrantes de origen haitiano que permanece en el albergue de Las Vueltas.

Las condiciones del albergue son austeras, por decirlo así. Se come lo que hay y, a la hora de repartir los alimentos, aumenta la tensión. Un par de baños se comparten entre 150 personas, incluyendo niños. La ropa está permanentemente tendida afuera y, bajo el calor del sol y la actividad humana, las moscas y mosquitos proliferan. Es una bomba de tiempo.

En el albergue, los días son largos y frustrantes. Otro migrante, que dice llamarse Charles y ser originario de Camerún, asegura que es como si estuvieran parados en el tiempo, como si, de repente, todo el esfuerzo económico, físico y emocional que implicó dejar su país y atreverse a migrar, se hubiera esfumado.

“Pasamos el día aquí sentados, sin poder hacer nada. Pensando, solo pensando cómo podremos seguir con el viaje. Eso te daña mentalmente. Hay compañeros que ya han perdido la cordura”, aseguró.

El albergue es improvisado: la Comisión Nacional de Prevención de Riesgos y Atención de Emergencias (CNE) ha facilitado el espacio y colchonetas; otras instancias del Gobierno proveen la alimentación y servicios básicos de salud. Pero en el día a día, la organización corre por cuenta de los propios migrantes. Esto implica, básicamente, repartir los alimentos y mantener el orden, lo cual provoca cierta tensión en las horas de comida.

“La ruta que han seguido estos migrantes para llegar hasta Costa Rica tiene que ver con su historia colonial”

Según Johnny Padilla, oficial de Policía de la Fuerza Pública de Peñas Blancas que monitorea de vez en cuando la situación en el albergue de Las Vueltas, el ambiente es generalmente calmado, pero se han dado algunos conflictos entre migrantes haitianos y aquellos que provienen del continente africano.

Por este motivo y otros tales como cuestiones culturales y lingüísticas, los liderazgos en el albergue se han divido en dos: un líder de africanos y un líder de haitianos.

Adoubara es identificado como el líder del grupo de migrantes haitianos. Sin embargo, al conversar con él, en un inicio aseguró ser de Senegal, versión que poco a poco fue cambiando.

Por su parte, Samuel Ademiyi Aloolesi, de Nigeria, ha sido designado como el líder del grupo de africanos. Ambas designaciones se han hecho de manera informal. El mismo Samuel lo señala: se trata de liderazgos que no implican ningún tipo de legitimidad como para hacer negociaciones de fondo sobre la situación de los migrantes en general.

Entre risas, Ademiyi sugiere que Mbamba Bernard, un migrante de Camerún, debería ser el nuevo líder del grupo, puesto que a diferencia de él, que solo habla inglés, Bernard domina el español, el portugués, el francés y el inglés.

Según el profesor e investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica, Carlos Sandoval, especialista en temas migratorios, la ruta que han seguido estos migrantes para llegar hasta Costa Rica tiene que ver con su historia colonial.

Si bien no hay datos precisos ni la mayoría de los migrantes explica cómo cruzaron el océano y bajo qué medios han llegado hasta Centroamérica, las historias de los protagonistas y las versiones que manejan las autoridades costarricenses permiten identificar ciertos patrones.

La mayoría de los migrantes africanos probablemente salieron por Mozambique o Angola hacia a Brasil (país que tiene múltiples vínculos diplomáticos y de cooperación con países de África) o Perú, y desde allí intentan llegar a Estados Unidos. “Lo cual es una especie de vuelta al mundo como la de Julio Verne”, señala Sandoval.

Los migrantes africanos aparentemente llegaron como polizones en buques de mercadería. De hecho, varios de los migrantes del albergue de Las Vueltas manejan un buen portugués. Algunos de ellos se quedaron un tiempo en Brasil, trabajando para reunir fondos para el resto del recorrido.

“En Nigeria y Camerún el grupo terrorista Boko Haram ha hecho que miles huyan”

Para Sandoval, este flujo se debe a las nuevas dificultades que están teniendo los migrantes africanos para llegar a Europa, que anteriormente era su destino habitual, debido a la crisis de refugiados sirios y del Medio Oriente.

Chantal, migrante de Camerún, lleva fotos y videos del recorrido en su teléfono celular. Algunas imágenes erizan la piel: son los cuerpos de quienes terminaron sus días tendidos en el suelo de la selva colombiana, tratando de pasar a Panamá. Los coyotes les engañaron al prometerles que el recorrido por el continente americano hasta los Estados Unidos sería mucho más rápido. Y, ahora, les siguen estafando o cobrando por traslados infructuosos a Nicaragua.

Toda esta travesía no puede ser por simple antojo. En Nigeria y Camerún el grupo terrorista de carácter fundamentalista islámico Boko Haram ha hecho que miles huyan. La situación de violencia, sumada a la pobreza, no es diferente en otros países del África Central.

Quienes hoy esperan a cinco kilómetros de Nicaragua, han dejado atrás contextos violentos y familias necesitadas de recursos. El camino que les falta recorrer para llegar a Estados Unidos es largo y está lleno de peligros. Si es que logran seguir. En esta suspensión en la que están, reunidos en parques, tomando buses, pasando el tiempo, los migrantes se han vuelto transeúntes habituales de un pueblo perdido en una frontera centroamericana, y la comunidad de Peñas Blancas parece tener empatía por su complicada situación.

“Ellos no hacen daño a nadie. Una los ve por todos lados, para allá y para acá. Más bien a una le da tristeza el verlos a ellos que andan así, pasando necesidades, a la intemperie. Como si yo me fuera a otro país y me pasara lo mismo, sin mis comodidades, sin dinero”, diee Alba Acevedo, quien tiene un puesto de copos (granizado tradicional costarricense) en las cercanías del albergue de Las Vueltas.

En noviembre de 2015, las autoridades costarricenses fueron tomadas por sorpresa con un masivo flujo de migrantes en condición irregular, provenientes de Cuba. Durante meses se trabajó en una solución, pues Nicaragua también mantenía cerrada su frontera. Finalmente se logró un acuerdo regional para enviarlos por avión a El Salvador y luego por tierra a Estados Unidos, en donde se les esperaba con los brazos abiertos y sin dificultades migratorias, gracias a la Ley de Ajuste Cubano, que les concede la posibilidad inmediata de ser admitidos como residentes.

Pocos meses después el panorama se repitió, pero ahora con los migrantes haitianos y africanos: desde abril de 2016, un flujo inesperado de migrantes abarrotó la frontera sur de Costa Rica. Sin embargo, pasados más de tres meses, todavía no se vislumbra una solución a la crisis. La diferencia es dramática: a diferencia de los migrantes cubanos, a estos nadie les espera en Estados Unidos. Incluso si completan su travesía, no tendrán allá ninguna facilidad especial. La prensa internacional y la costarricense apenas le han dado cobertura.

“Estados Unidos está al tanto de la situación migratoria que sucede en la frontera sur de Costa Rica (…) La migración irregular conlleva riesgos inherentes, al igual que la incertidumbre de estar involucrados con traficantes de personas. El crimen organizado se aprovecha de la desesperación y propaga rumores con información incorrecta sobre el potencial alivio migratorio que podrían hallar una vez que lleguen a Estados Unidos”, dijo la Oficina de Prensa de la Embajada en un comunicado oficial que emitió cuando la crisis estalló en abril de este año.

“La ruta y el flujo no son nuevos, sino la cantidad de personas”

La falta de apoyo para este grupo de migrantes en países centroamericanos y en particular en los Estados Unidos es una preocupación para la viceministra de Gobernación y Policía, Carmen Muñoz, encargada de liderar las políticas y procesos migratorios de Costa Rica.

“Hemos estado en dos espacios, que reúnen a los directores y directoras de Migración de la región y también en la Conferencia Regional para las Migraciones, que es una instancia de coordinación que incluye desde Estados Unidos hasta Panamá y República Dominicana. El tema está ahí, pero no se ha avanzado en acuerdos sustantivos en el corto plazo”, dijo Muñoz.

El Gobierno de Costa Rica desconoce la cifra exacta de personas de origen africano en el país. Aseguran que es un dato fluctuante: si bien han registrado más de 2,000 personas a las que se les ha hecho algún tipo de control migratorio, no se puede asegurar que todos sigan en Costa Rica. Ni tampoco que no hayan ingresado más.

“Lo mismo pasa en el caso de Nicaragua, aunque tengan a su ejército y su policía en la frontera, a ellos también se les están pasando, porque si no tendríamos un fenómeno de acumulación de migrantes en nuestro territorio, y si bien se nos están quedando algunos grupos acá no es difícil adivinar que no son las mismas personas, sino que hay un recambio, y de alguna manera están pasando al territorio nicaragüense por los medios que les son posibles”, dijo Muñoz.

Según la funcionaria, la ruta y el flujo no son nuevos, sino la cantidad de personas. En el caso de los migrantes haitianos, muchos se refugiaron en Brasil después del terremoto de 2010. Ahora que el país sufre una crisis política y económica severa, buscan nuevas oportunidades en el norte.

Para el profesor Carlos Sandoval, las autoridades ticas no han aprovechado el poder de interlocución que el país tiene en foros internacionales para presionar por una salida pronta, antes de que las tensiones y las condiciones sanitarias, que constituyen una bomba de tiempo, estallen.

Desde el año pasado, la crisis de los flujos migratorios ha causado nuevas tensiones políticas y diplomáticas entre Costa Rica y Nicaragua. La negativa a permitir el paso de los migrantes cubanos se vio justificada por la cercanía política e ideológica de Nicaragua con Cuba, país que ve a sus emigrantes que se van a Estados Unidos como desertores.

El cierre de frontera para los migrantes africanos no se entiende bajo esta lógica. Medios costarricenses y personajes políticos que pidieron el anonimato sugieren que el Gobierno de Nicaragua ha tomado estas medidas con el propósito de provocar a Costa Rica con fines políticos. La razón: en noviembre Nicaragua tendrá elecciones presidenciales, en las que Daniel Ortega buscará un tercer mandato consecutivo. Distraer la atención de la política interna y generar un enemigo externo suele generar dividendos políticos.

“Yo vendí todo en mi país para poder hacer este viaje. Ya no tengo nada allá. Y me estoy quedando sin nada aquí también”

Sin embargo, de acuerdo con Martha Cranshaw, experta nicaragüense en temas migratorios y coordinadora de la organización Nicas Migrantes, la actitud del Gobierno de Ortega es un total sin sentido.

“Con su discurso de izquierda, el gobierno de Nicaragua debería oponerse a Estados Unidos, y permitir el paso de estos migrantes. Pero en la práctica, está ayudando a Estados Unidos a impedir que le llegue este flujo migratorio. ¡Traspasó al sur la frontera, como lo ha hecho México!”, sugiere Cranshaw.

Para la activista, las consecuencias de continuar con la política de bloqueo migratorio serían tres. “La primera es que estas poblaciones migrantes africanas están cayendo en una red de trata y de tráfico de personas que se está consolidando y eso es un peligro en sí mismo. Segundo, estas redes, cuando se cierran las fronteras, abren nuevas rutas. Hemos observado que han abierto nuevas rutas en Belice, en el Caribe de Honduras, el Caribe de Nicaragua, y por tanto la actividad operativa de estos grupos es desconocida por los propios estados”, dijo la activista.

“La tercer consecuencia no deseada es que al obstaculizarse las rutas más o menos conocidas de tránsito normal de las personas migrantes, los costos de cambio se los traslada el traficante a la persona migrante. Esto significa 2,000 o 3,000 dólares (estadounidenses) más que esas poblaciones africanas –que tienen años o meses de trasladarse de un país a otro- deben asumir de forma imprevista”, agregó.

Sean cuales sean los motivos, las circunstancias y las soluciones futuras, lo cierto es que de momento son cientos los migrantes atrapados en Costa Rica, sin dinero, y sin ninguna posibilidad de dar marcha atrás.

“Yo vendí todo en mi país para poder hacer este viaje. Ya no tengo nada allá. Y me estoy quedando sin nada aquí también. Mi única opción es llegar a Estados Unidos”, dijo Mbamba Bernard de Camerún.

Su relato no es excepcional. Es la regla de estas historias, que los migrantes africanos y haitianos se han cansado de repetir a las autoridades mientras siguen suspendidos en el tiempo, a la espera de otro trecho peligroso de su peregrinación hacia el “sueño americano”.


Actualización: Durante la semana del 11 de julio de 2016 (después del reporteo para este texto), cientos de migrantes de países africanos y de Haití se han movilizado desde los albergues y desde la frontera sur de Costa Rica, hasta escasos 300 metros de la frontera con Nicaragua, en donde han establecido un enorme campamento improvisado. La cifra oficial del Gobierno es que son unos 500 migrantes los que están en esta zona, pero podrían ser 1,000 o más. El campamento sería una medida de presión de esta población, para que el gobierno nicaragüense los vea y finalmente los deje pasar.

Diego Pérez Damasco es integrante de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes, iniciativa inédita para destacar nuevo talento periodístico en la región.

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