Ley y Gobierno

Dar el crédito a quien lo merece

Por Eileen Truax

Recogida de fresas en Oxnard, California. Foto / Cortesía de FIOB / ANTONIO NAVA
Recogida de fresas en Oxnard, California. Foto / Cortesía de FIOB / ANTONIO NAVA

La ciudad de Oxnard huele a fresas. Recorrer los caminos que la atraviesan, bordeados por grandes extensiones de cultivos, permite ver las filas de verdor salpicadas por la ropa de colores de quienes, encorvados, piscan la fruta entre los meses de abril y junio: diez millones de canastitas con fresas salen de aquí cada día para distribuirse en todo el país: nueve de cada diez fresas que se consumen en Estados Unidos salen de los campos de California.

Los hombres y mujeres que trabajan esta tierra, 45 minutos al oeste de Los Ángeles, hablan español y tienen la piel curtida por el sol. Ocho de cada diez nacieron en México. Más de la mitad carece de documentos migratorios. Todos trabajan jornadas extenuantes bajo el sol, el cuerpo arqueado hacia delante, las manos a ras de tierra, una fresa, otra, otra. Algunos ganan el salario mínimo de nueve dólares por hora, otros un poco más. A veces trabajan 40 horas por semana; a veces treinta, a veces menos. No siempre alcanza. Y entonces, a veces, se necesita pedir prestado con la promesa de que tan pronto haya dinero, el préstamo se pagará.

Esta promesa no sirve de mucho para los inmigrantes que viven en Estados Unidos, en especial si no cuentan con documentos. La falta de un papel que acredite su estancia legal en el país suele estar acompañada de falta de seguridad financiera. Al riesgo natural de deportación, y a los ya sabidos abusos por parte de los empleadores, se suma la falta de acceso a servicios financieros y de crédito, lo que se convierte en un reto para manejar sus ingresos, ahorrar, hacer transferencias o contar con recursos adicionales en caso de emergencia.

Quienes no acceden a instituciones financieras tradicionales buscan otras informales, en donde pueden cambiar sus cheques pagando comisiones del tres al cinco por ciento. O bien reciben préstamos si dejan en prenda, por ejemplo, el título de un auto, con tasas de interés de hasta 20 por ciento mensual; una cifra superior al porcentaje anual que cobra una institución bancaria a un usuario promedio.

Según la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (FDIC), la agencia encargada de proteger el dinero de los clientes de instituciones bancarias en Estados Unidos, el 7.7 por ciento de la población en este país no está bancarizada, es decir, 17 millones de adultos. De ellos, dos de cada diez son latinos.

En un estudio realizado entre inmigrantes indocumentados y publicado por la escuela de leyes de la Universidad de Nuevo México en 2015, el 74 por ciento de los entrevistados dijo que no podría cubrir una emergencia de 100 dólares si esta llegara. ¿Cómo hace entonces un trabajador del campo, de la industria de la construcción, alguien que trabaja como nanny; cuando necesita una línea de crédito?

Invertir en lo nuestro

En el segundo piso de un edificio sobre la calle Quinta, en el centro de Oxnard, Martín Lorenzo encabeza la oficina del Fondo Local. Todos los martes viaja desde Los Ángeles para recibir a entre cinco y diez personas, a veces más. La gente viene aquí por dos motivos: para pedir dinero prestado o para pagar una parte del que debe. Usualmente quien viene una vez, regresa. Y lo hace de buena gana.

El Fondo Local es una iniciativa comunitaria creada por el Frente Indígena de Organizaciones Binacionales (FIOB), una coalición de organizaciones, comunidades e individuos indígenas asentados en Oaxaca y Baja California, México, y en California. Fue fundada hace 25 años.

En 2009, en plena crisis económica en Estados Unidos, y con la inversión de una organización no gubernamental, FIOB inició un proyecto de microcréditos con la intención de ayudar a los miles de inmigrantes que cuando enfrentan una emergencia económica, no tienen de dónde echar mano o deben recurrir a usureros sin escrúpulos.

Durante seis años otorgaron cerca de 2000 créditos “a la palabra”, partiendo del principio de que los miembros de una comunidad se conocen, se respetan, y se puede confiar en ellos. En ese lapso, el proyecto entregó 3.7 millones de dólares en préstamos entre los 700 y los 2,000 dólares, a una tasa de interés del 5 por ciento mensual. Su tasa de recuperación fue de 96 por ciento, una cifra inusual para cualquier institución de crédito; aún así, su ganancia era mínima porque la mayor parte volvía al inversionista original.

A partir de 2013 el grupo decidió dejar de operar con fondos externos y creó un nuevo esquema a partir de cero, financiado sólo con recursos propios. A través de la inversión de los miembros de la comunidad, se creó un fondo de 30 mil dólares, y de ahí empezaron a dar los créditos de entre 100 y 500 dólares. El interés sigue siendo del 5 por ciento mensual para el beneficiario del préstamo, a pagar en un máximo de seis meses, y se da el 10 por ciento anual al inversionista. La diferencia se usa para cubrir los salarios del equipo, los gastos de oficina, y se reinvierte en el fondo.

“En esos años aprendimos qué se debe hacer y qué no se debe hacer”, explica Martín Lorenzo. “Ya no prestamos 'a la palabra'; pedimos un aval y la gente firma un contrato. Pero seguimos prestando con un interés del 5 por ciento mensual, que es más bajo que en todos los otros sitios que hacen préstamos, y no pedimos garantía. Y somos flexibles. Entendemos que la gente puede estar pasando por malos momentos; si es así, nos explican su situación y nosotros esperamos el pago”.

Desde que era joven, Martín soñaba con trabajar en una oficina. Cuando vino a Estados Unidos hace once años, lo hizo literalmente por amor. Tenía 20 años de edad y empezaba la carrera de Ingeniería en Informática en Oaxaca, pero su novia migró y él la siguió; cuando ella decidió volver a México, Martín se quedó. Recién llegado trabajó en restaurantes, en una tintorería, en una fábrica de costura, en un cine y haciendo la limpieza en un hotel; en este último se ganó la confianza del dueño, quien le asignó la limpieza de su oficina. “Me gustaba estar ahí, me imaginaba trabajando en un escritorio yo también”, recuerda con una sonrisa.

Martín Lorenzo en la oficina de FIOB. Foto / Cortesía de FIOB / ET
Martín Lorenzo en la oficina de FIOB. Foto / ET

En 2012 llegó la oportunidad de trabajar en FIOB. Odilia Romero, vicecoordinadora de la organización, vio que Martín tenía potencial para los números y lo asignó al área de cobranzas. Lo que empezó como una tarea de cálculo y recuperación de deuda se convirtió en cercanía con la gente y habilidad para la asignación de créditos. Hoy es el director de finanzas de Fondo Local, que opera en Los Ángeles (FLA) y en Oxnard (FLO).

“Por primera vez trabajo en algo que me gusta”, dice que con una sonrisa que no deja lugar a dudas. “La mayoría de nuestros clientes aquí son indígenas mixtecos, aunque también tenemos a algunos zapotecos. Algunos se dedican al comercio pero la mayoría trabaja en el campo. Invertimos en lo nuestro y ellos responden; el índice de morosidad es muy bajo, aquí todos pagan”.

El huevo y la gallina

Es martes por la tarde y en la oficina de Oxnard se escuchan pasos que se acercan. Aparentemente de la nada, el aire se llena de un aroma a fresas; unos segundos después cruza por la puerta Sergio Manzano, un joven de 26 años de edad que trabaja en el campo. Piel tostada, barba de candado, una gorra para protegerse del sol y los pantalones de mezclilla manchados por una mezcla de tierra mojada y rojo rosado de las rodillas para abajo. Es la fresa, que deja su marca en quien la trabaja.

Sergio llegó del estado de Hidalgo, en México, hace diez años. Allá se quedaron sus papás y sus hermanos, y desde acá les envía dinero cada 15 días. Ahora es temporada de fresa y hay trabajo, de manera que viene a pagar una parte del préstamo que solicitó cuando no lo había: pidió 1,000 dólares para completar la renta de 1,100. Este es el tercer préstamo que pide a FLO. El primero fue de 700 dólares y lo pagó en tres meses al 5 por ciento de interés mensual. Antes fue a una financiera que a cambio del título de su auto le prestó 2,500 dólares con un interés del 15 por ciento mensual. Con el temor de perder su vehículo si se retrasaba terminó de pagar en un año.

A lo largo de la tarde entran más clientes. José Castillo, de 48 años, vive acá desde hace 26. Es originario de Yucatán, trabaja en una fábrica de ensamble, y se enteró del Fondo por un amigo.

“Es muy diferente venir aquí a ir a otras oficinas. Aquí te atienden directo, no te traen de oficina en oficina, que te falta un papel, que otros requisitos, y para mí lo importante es que no me piden que tenga un historial de crédito. Con que compruebes que tienes un ingreso te aprueban”, dice José.

El tema del historial crediticio en Estados Unidos es algo que toma por sorpresa a muchos inmigrantes, quienes desconocen esta medida de aprobación. Cada compra a crédito realizada por un consumidor en este país va a su historial, y con base en eso se determina su “valor” como sujeto de crédito: quienes no tienen un historial, o tienen uno negativo, serán “castigados” con un interés elevado o incluso serán rechazados por considerarse deudores de alto riesgo.

El Concilio Nacional de La Raza, una de las organizaciones con mayor tradición en la defensa de derechos civiles, maneja algunas cifras al respecto: 22 por ciento de los hispanos que solicitan un crédito carecen de un historial crediticio. La cifra contrasta con el cuatro por ciento de solicitantes anglosajones y tres por ciento de los afroamericanos en la misma situación. En esta diferencia puede incidir el estatus migratorio de quien solicita. Entonces el asunto se vuelve el cuento del huevo y la gallina: quien no tiene historial no tiene acceso al crédito, y por tanto, no puede crear un historial.

Hace tres años José presentó una solicitud de tarjeta de crédito en Chase Bank, una de las principales instituciones financieras del país. Por no contar con un historial se la negaron, pero le ofrecieron una alternativa: abrir una cuenta con su dinero y, dependiendo del manejo que hiciera de ella, podrían reconsiderar más adelante. José entregó 220 dólares y le dieron una tarjeta con un saldo de 200. Ni de chiste quiere repetir la experiencia.

El tema del acceso al crédito para inmigrantes ha sido debatido por años. En febrero de 2007 Bank of America, la institución bancaria más emblemática de Estados Unidos, anunciaba que para ampliar su acercamiento al mercado hispano, empezaría a ofrecer tarjetas de crédito a clientes sin número de Seguro Social –es decir, a inmigrantes indocumentados–, lo cual les permitiría iniciar un historial crediticio. Para ello, el solicitante debía tener una cuenta de cheques activa en el banco por al menos tres meses, y tras depositar 99 dólares, podía tener acceso a una tarjeta con un límite de 500 y un interés cercano al 25 por ciento anual, muy por encima del 15 por ciento promedio en el país.

Delia Vázquez tiene 48 años y trabaja haciendo la limpieza en un hotel. Ha pedido dos créditos al Fondo, en una ocasión para cubrir gastos médicos y en otra para enviar el dinero a su hija en Michoacán. Ambos fueron de 1,000 dólares y ambos los pagó en 6 meses. En el pasado tuvo una tarjeta con Bank of America pero la canceló porque se sintió engañada: dispuso de 300 dólares y le cobraron una elevada comisión por un sobregiro que no reconoce.

“Para mí, esto me da más confianza que el banco. No son los requisitos, es la confianza”, añade Delia.

Rafael Mora es el hijo de Delia. Tiene 29 años y también viene a pagar un préstamo, el tercero que solicita. Trabaja nueve horas al día cortando flores en un invernadero. Él también fue a Bank of America, pero le dijeron que no llenaba los requisitos.

Delia Vázquez, al fondo, con su hijo Rafael y su nieto en las oficinas del Fondo. Foto / FIOB / ET
Delia Vázquez, al fondo, con su hijo Rafael y su nieto en las oficinas del Fondo. Foto / ET

“Yo prefiero tener mi crédito aquí”, señala Rafael. “En los bancos no hay opciones para la gente que trabaja en el campo, creen que no vamos a pagarles. Pero los que trabajamos en el campo somos los que trabajamos más duro, ¡pues si a eso venimos!”.

“Es que se fijan en los papeles”, interrumpe Delia. “Han de decir: 'que tal si al rato los echan para afuera y luego cómo les cobramos'”, ríe de buena gana. “¡A ver cómo le hacían!”.

Creer en la gente

El barrio conocido como South Central, en la ciudad de Los Ángeles, tiene un perfil demográfico peculiar: tres de cada cuatro estudiantes dejan la preparatoria inconclusa; el ingreso promedio por hogar es de 30 mil dólares anuales, muy por debajo de los 55 mil promedio en la ciudad, y su población está conformada por minorías: nueve de cada diez habitantes son latinos y el restante es afroamericano. Más de la mitad de quienes viven ahí son inmigrantes.

Justo en el corazón de South Central, sobre la calle Main, se encuentra la oficina del Fondo Local. Una casita que ha sido adaptada como oficina alberga al pequeño equipo comandado por Odilia Romero, vicecoordinadora de FIOB. Odilia es la fundadora del programa y ha sido responsable de su evolución. De las lecciones de estos años sale el actual modelo del Fondo Local.

“Algo que aprendimos es que la gente que no paga suele ser la que tiene documentos. Aprendieron a jugar con el sistema, y te postergan el pago hasta llegar a la corte. Y tal vez después de perder tiempo ganas el caso, pero tienes que ver cómo confiscarles el dinero. En nuestra experiencia, la gente con más necesidad es la que hace el esfuerzo de pagar”.

Odilia Romero, fundadora y vicecoordinadora de FIOB. Foto / FIOB
Odilia Romero, fundadora y vicecoordinadora de FIOB. Foto / FIOB

Un caso que está en la memoria de quienes trabajan en el Fondo es el de don Arturo Mejía, quien debía 140 dólares y falló en su pago tras la muerte de su esposa. Odilia le dijo que olvidara la deuda, que para ellos estaba saldada, pero él insistió: quería dejar un buen récord para poder pedir otro crédito a futuro en caso de necesitarlo. El Fondo le ha prestado dinero tres veces más.

Las anécdotas se multiplican. Un señor debía 200 dólares y no pagó; cuando investigaron, descubrieron que le habían diagnosticado diabetes y le habían amputado los dos pies. Un hombre que trabajaba lavando toallas y sábanas en un hospital –solía tener las manos llenas de hongos porque todo el tiempo las tenía en el agua, recuerda Odilia– se retrasó cuando su mujer murió de cáncer. En el caso de los campesinos, los retrasos en los pagos suelen llegar entre noviembre y enero, cuando no hay trabajo; pero en cuanto empieza la temporada pagan.

“En ese sentido somos muy claros: cuando caes en morosidad, si hay motivos para ello, te esperamos y no te cobramos recargos, o en casos extremos te condonamos la deuda”, cuenta Martín. “Si te quedaste sin trabajo, avísanos y te esperamos. Nos quedamos contigo. Aprendes a creer en la gente porque la gente te busca. A veces me siento a platicar con ellos en su casa y veo cómo viven: lo que les manda el Gobierno cuando están retirados o incapacitados apenas les alcanza. Termino dándoles palabras de aliento, y la gente aprecia este espacio”.

Justamente por la cercanía que se desarrolla con los clientes al ser parte de la comunidad, en el Fondo tomaron una determinación: quienes aprueban los créditos permanecen en la oficina y no hablan con la gente. Con ello aseguran que el Fondo en verdad sea autosuficiente y viable. Aun así siempre hay imprevistos: en una ocasión, un hombre de la comunidad a quien le estaban cobrando llegó a la oficina y amenazó al personal con una pistola. Afortunadamente no pasó de un susto.

“A partir del cambio que hicimos ya no financiamos a 60 u 80 personas al mes. Damos un promedio de 30 créditos al mes, pero ya está todo en nuestras manos”, explica Odilia. “Eso nos permitirá que a mediano plazo, cuando el proyecto ya sea autosustentable, parte del ingreso se pueda destinar al objetivo de FIOB, que es apoyar a las comunidades indígenas, sus trabajadores y sus proyectos”.

En los meses recientes los activistas de FIOB se han volcado en una campaña impulsada por la organización Familias Unidas en apoyo a los trabajadores agrícolas de los cultivos de fresas en el valle de San Quintín, en Baja California, México, que han denunciado explotación laboral por parte de empresas estadounidenses como Sakuma Berry Farm y Driscoll’s.

“A veces nuestra organización no tiene dinero ni para una pancarta o para un megáfono. Con este programa ayudamos a la gente que necesita un préstamo, pero también buscamos generar recursos para ayudar a otras comunidades que lo necesitan”, apunta Odilia.

Pequeñas emprendedoras

Al hablar del perfil de sus clientes, Odilia lanza una afirmación sin dudar: las mujeres son mejores pagadoras.

En la ciudad de Los Ángeles seis de cada diez beneficiarios del Fondo Local son mujeres. En el caso de Oxnard son siete de cada diez. Las mujeres son quienes resuelven las emergencias económicas de casa, y también las que preguntan y recomiendan, de manera que el Fondo no necesita anunciarse. A ritmo de recomendados ya tienen una lista de espera de 150 personas.

Puesto de venta de alimentos de FIOB. Foto / Cortesía de FIOB / ANTONIO NAVA
Puesto de venta de alimentos de FIOB. Foto / Cortesía de FIOB / ANTONIO NAVA

Otra diferencia entre los beneficiarios de Oxnard y los de Los Ángeles es que en la primera ciudad el dinero suele utilizarse para necesidades inmediatas: el pago de la renta, la compra de útiles escolares, una emergencia médica. Pero en Los Ángeles, tal vez por ser el lugar donde se originó el programa, el 15 por ciento de los clientes, la mayoría mujeres, son emprendedores: han usado el dinero para abrir un pequeño negocio, para comprar y vender desde frutas hasta ropa.

“Tenemos mujeres que trabajan en las noches limpiando oficinas y en el día venden comida: tamales, jugo de naranja, que ponen un puestito afuera de las escuelas para vender elotes o helados. Para eso usan nuestros créditos”, dice Odilia.

En ese grupo están Las Tres Mosqueteras, como las describe Martín. Tres señoras que han sido clientes del Fondo desde su inicio. María Elena Estrada, de 57 años de edad y originaria del estado de Chiapas, en México, es una de ellas. Ha recibido más de 10 préstamos y siempre ha pagado de manera puntual.

“Yo nunca había sacado un crédito. No me gustaba ir a las tiendas, o al banco, pero una amiga me lo recomendó. Me preguntaron si tenía copias de mis cheques y yo les dije que no, que trabajaba por mi cuenta. Gracias a Dios creyeron en mi palabra y me prestaron 500 dólares la primera vez”, confiesa María Elena.

Con el primer préstamo, María Elena compró mercancía que se llevó para vender con su hijo a la ciudad de Bakersfield; lo que empezó como un crédito ocasional, se convirtió en su fuente de financiamiento. Eso, más lo que gana cuidando niños, le ha permitido salir adelante.

“En ese tiempo mis hijos estaban estudiando en Oaxaca. Uno ya se tituló de maestro y la otra este año se titula de enfermera. Ese negocito me ayuda y me permite ayudar a mis hijos también. Fue una gran bendición, porque además a mí me diagnosticaron cáncer y hasta ahora sigo en tratamiento. Y no crea, a veces me caigo, pero me levanto rápido porque hay que pagar”.

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