Ley y Gobierno

Vivir tras el muro de la vergüenza

Por Laura Martínez Valero / Pablo Tosco

Tres millones habitarán Comas en el dos mil
y tal vez tres millones de frutales.
En el futuro Comas será linda
Y Lima no tendrá más cerros para invadir
Darán Limas los cerros.

Leoncio Bueno, extracto de Wayno de los dinamiteros.


Al amanecer, Nueva Rinconada se vacía. Desde lo alto del cerro, los niños y niñas bajan a la escuela, los hombres a trabajar en la moto-taxi o en las combis; las mujeres, a la limpieza de casas y oficinas. Es entonces, al quedar todo tranquilo y silencioso, cuando Sara Torres comienza su jornada.

En el pequeño mercado de El Trébol, uno de los miles de asentamientos humanos que desde las colinas rodean la ciudad de Lima, Sara regenta un humilde puesto de comidas. Esta mujer chiquita y bajita de 48 años, con buen carácter y buena voz, como ella misma se define, da de comer diariamente a los conductores de combi que entre turno y turno sacan hueco para echarle algo rico al estómago. El menú es diferente cada día. Sara se preocupa de ello y se levanta temprano, antes del amanecer, para bajar al mercado a comprar las provisiones necesarias. Si decide ir al mercado de El Pesquero lo más probable es que cocine alguno de sus famosos guisos de chupe o parihuela, que provocan mucho sueño si el comensal anda bajo de fósforo, o quizá puede que prepare un delicioso ceviche. Algunas tardes, Sara cuelga el delantal y trabaja como cobradora de combi, esa pequeña furgoneta que recorre los distritos más pobres de la capital siempre abarrotada de gente.

Sara llegó a Lima procedente de Chanchamayo, en la selva central de Perú, huyendo de los malos tratos del hombre con el que, aunque entonces no lo supiera, acabaría conviviendo otros 20 años más. A su llegada a la ciudad vivía de alquiler. “No podía tener ni un perrito, ni un pajarito que me cantara, nada, porque alquilado te prohíben todo”, se queja al recordar aquel tiempo.

Esta falta de libertad, los altos precios del alquiler y la falta de recursos en general son los motivos más frecuentes que mueven a la gente a invadir el cerro. También en los años 80 jugó un papel fundamental el miedo al terrorismo de Sendero Luminoso en las zonas rurales que provocó migraciones masivas que colapsaron el centro de la ciudad. La mayoría de moradores de este paisaje seco, polvoriento y atestado de perros callejeros son gente de provincia que en algún momento de su vida decidió probar suerte en la capital.

Sara Torres en el puesto callejero de comida donde se gana la vida. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN
Sara Torres (a la derecha) en el puesto callejero de comida donde se gana la vida. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN

La vida en el cerro no es fácil. Sara lo sabe bien. “En ese tiempo, en el año 2000, teníamos las amenazas de los terroristas todavía. Esta zona era una zona roja porque se decía que era donde se escondían los de Sendero Luminoso. Había temor a la delincuencia, porque todo era oscuro, no había nada de iluminación, no había agua”, recuerda. Poco a poco con el paso del tiempo los vecinos y vecinas han mejorado sus condiciones. Han construido carreteras y escaleras, han negociado con las empresas suministradoras para tender tuberías de agua y cableado eléctrico, han mejorado sus viviendas con materiales nobles como el ladrillo, han realizado formaciones sobre prevención de terremotos con la municipalidad de San Juan de Miraflores y organizaciones como Predes y Oxfam. No obstante, las quejas sobre el papel del gobierno estatal son muy abundantes. “Son 16 años que vivimos en este lugar y el Estado casi no se ve su presencia acá. El Estado nos dijo: "ustedes son invasores, no tienen derecho. Si ustedes quieren, háganselo ustedes. Hagan su escalera, su carretera, busquen su agua...”, denuncia Sara.

Las zonas más saneadas siempre son las más bajas. En las alturas del cerro, donde se encuentran los asentamientos más recientes, aún queda mucho por hacer. No tienen electricidad ni una fuente de agua corriente. Cada día sus moradores repiten el mismo peregrinaje. Bajan con garrafas hasta unos grandes cubos, que se encuentran a orillas del camino y que un camión cisterna ha rellenado previamente con agua potable. Luego rehacen el camino ladera arriba, cargando con esfuerzo las garrafas repletas de agua. Los tachos que se quedan abajo suponen una gran amenaza. Si no se tapan correctamente, los mosquitos depositan sus huevos pudiendo propagar enfermedades como dengue o zika. Además, para las familias el camión cisterna es un servicio mucho más caro que lo que supondría pagar a la empresa Cedapal, suministradora del agua corriente en toda la ciudad.

Vivir en lo más alto

Desde las zonas más altas e inaccesibles de Nueva Rinconada es desde donde mejor se aprecia el paisaje. Aunque lo que se abre a la vista no es muy atractivo. A un lado, la hilera infinita de casas que recorren los polvorientos cerros hasta donde la vista alcanza. Al otro, el muro de más de 10 km que separa Nueva Rinconada de La Molina, uno de los distritos más ricos de la ciudad. El muro de la vergüenza lo llaman. Lo que es difícil es determinar quién siente más vergüenza, si quien lo mira o quién lo construyó. “Se avergüenzan de la gente de clase humilde, de clase pobre”, lamenta Sara. No solo es un muro físico, es mental. Es una barrera que se clava en la mente de todos los habitantes de Nueva Rinconada. “Antes nosotros trabajábamos, veníamos cansados y nos subíamos acá arriba, a la planicie. Nos sentábamos, tomábamos aire y veíamos algo bonito, ¿no? Y por eso se le ha llamado a esto Vista Hermosa. Desde que pusieron el muro ya no hay Vista Hermosa. Y es algo inerte, algo muerto. Tú vienes y te chocas con el muro y más bien en vez de estar bien, te deprimes”, explica con amargura. Al otro lado, solo se ve terreno vacío. Un terreno arenoso aparentemente igual al del lado pobre. Pero no lo es. Debe ser una tierra muy rica para que sus propietarios hayan querido blindarla así.

Antes de construir el muro, los ricos buscaron otras tácticas para mantener alejada a la gente pobre de su preciado terreno. Con perros y caballos subieron a expulsar a los moradores de Vista Hermosa. Incluso hicieron desaparecer a un par de personas cuyos cadáveres aparecieron tiempo después en unas cuevas cercanas. O eso cuenta Analí Yupanqui, una vecina de 26 años, que vive encaramada en lo más alto de Vista Hermosa. Allí habita la mayor parte del día bajo una lona de propaganda que pidió al partido de uno de los candidatos a las elecciones presidenciales. Visto así, parece que Analí fuera una gran seguidora de dicho candidato, pero la verdad es que la lona le sirve como tejadillo y paredes cuando la coloca sobre cuatro postes de madera. Es para lo único que sirve la política por aquí. Anexa a tan precaria construcción, una casa prefabricada de madera alberga la litera en la que duerme con sus dos hijas y un bebé de menos de 2 meses. De la presencia de su marido solo queda ya una foto clavada en la pared. Falleció recientemente por una complicación de dengue. No pudo conocer a su hijo pequeño. Analí se emociona con solo mencionar su nombre.

Como Sara, Analí vino de la selva, de Chanchamayo. “Al acabar la secundaria, me vine a Lima porque quería seguir estudiando. Para eso yo había postulado en una universidad, La Cantuta, educación. Logré estudiar los dos primeros ciclos y entonces de ahí no pude seguir estudiando porque como trabajaba y estudiaba no podía solventarme yo sola”, explica. En el año 2012 participó en la invasión de Vista Hermosa, la última que ha tenido lugar en Nueva Rinconada.

Al entrar en su casa es frecuente encontrarla en compañía. Siempre hay alguna vecina mayor, mamita como las llaman aquí, sosteniendo en brazos al bebé, Josué. Podrán faltar muchas cosas, pero entre los vecinos y vecinas nunca faltará la solidaridad. Y también hay gente mala y mucha delincuencia, como se apresuran a aclarar si se les pregunta al respecto, pero el trabajo comunitario y la voluntad de mejorar siempre pueden más.

Analí Yupanqui, de negro, cargando con los cubos llenos de agua potable monte arriba. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN
Analí Yupanqui, de negro, cargando con los cubos llenos de agua potable monte arriba. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN

Haber formado parte del último grupo invasor ha supuesto muchas desventajas para Analí y su familia. Para empezar tuvieron que pagar por su terreno a los moradores que ya estaban allí asentados. Esto es algo frecuente. Una vez que ya hay establecida una comunidad se debe contar con su aprobación y pagar antes de invadir un terreno que todavía esté libre. Analí y su marido abonaron una pequeña cantidad, 20 soles, pero es frecuente que los precios suban con el paso de los años. Además, desde el año 2000 la figura de asentamiento humano se había dejado de reconocer. Actualmente constan solo como agrupamiento familiar y al no estar reconocidos por la municipalidad de San Juan de Miraflores no se les permite tener acceso a servicios básicos. “Aquí no hay luz, no hay agua, no hay desagüe. La primera necesidad es el agua, que acá lo deberíamos de tener, ya que vivimos en un lugar bien precario, de bajos recursos. Nuestro Gobierno habla de inclusión pero más bien este Gobierno parece que fuera de exclusión y no de inclusión”, reivindica Analí.

Bajo la lona electoral, sobre una esterilla sucia, Briana, su hija mediana, juega absorta a ponerse y quitarse unos zapatitos que hace tiempo se le quedaron pequeños. Pero le gustan mucho, así que intenta encajarlos en su piececitos, aún a sabiendas de que le van a hacer daño si se los deja puestos mucho rato. Ahora mismo no está yendo al colegio. Este año le ha tocado sufrir un limbo educativo.  A punto de cumplir los tres años, es demasiado mayor para seguir yendo a la cuna y aún muy pequeña para la escuela. Le vendría bien relacionarse con otros niños y niñas. Apenas habla aún.

El ansiado título de propiedad

El objetivo común para todos los moradores del cerro es conseguir un título de propiedad. Con este título el Estado debería asumir su responsabilidad con los habitantes. Pero llegar a ello es un proceso muy lento. Primero deben acondicionar todo el terreno en un trabajo conjunto y coordinado. Y en todo ello juega un papel fundamental el papel de los dirigentes comunitarios, como Vicente Cama.

Vicente tiene 30 años y es natural de Arequipa. Es dirigente del asentamiento 7 de enero, que toma tal nombre del día en el que se establecieron oficialmente como comunidad. De profesión conductor de moto-taxi, suele llevar y recoger a algunos niños y niñas al colegio a cambio de unos honorarios. Si durante el día no puede trabajar porque está atendiendo temas de la comunidad, recupera las horas por la noche y su mujer, Olinda, le acompaña para que esté más seguro. La labor del dirigente es totalmente altruista, no cobra por ello. Es vocacional. “Que tengamos los servicios básicos para nuestros hijos y para toda la comunidad. Ese es el reto y la lucha día a día para un dirigente que realmente es consciente”, afirma orgulloso.

El dirigente local Vocente Cama con su hijo en la casa. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN
El dirigente local Vicente Cama con su hijo en la casa. Foto / PABLO TOSCO / OXFAM INTERMÓN

De carácter conciliador, Vicente se ha ganado la confianza y el respeto de sus vecinos y vecinas. Cree en el poder de las palabras, en convencer a la gente, en no obligar. Y se ve que ha realizado una buena labor. En el 7 de enero cuentan ya con electricidad y pilones de agua comunales y cada vez están más cerca de conseguir los ansiados títulos de propiedad. Sin embargo, las trabas que se encuentran por el camino son constantes. “Se vulneran nuestros derechos. Derecho al agua, derecho a la luz, derecho a vivienda. Porque si hay normas que se dictan para la titulación, cumpliste con todos los requerimientos y no te los atienden, entonces, ¿a eso que se le puede llamar?”, argumenta con enfado. “Somos cuatro asentamientos humanos que hemos estado programados el año pasado para la titulación: 7 de enero, Cerro Puquio y dos asentamientos de al fondo. Pero no, nada. Hasta ahorita no hay resultados”. Siempre hay algún requerimiento más por cumplir. En su caso ahora trabajan con afán en la construcción de un muro de retención que permita asegurar la tierra en caso de temblor.

La amenaza del terremoto

Cada 20 o 30 años sucede un gran terremoto en Lima. Aunque ahora están viviendo un gran silencio sísmico, desde organizaciones como Predes, que trabaja en colaboración con Oxfam, avisan del alto riesgo de que pronto tenga lugar un nuevo sismo. En 2007 el temblor con epicentro en Pisco se sintió con fuerza en Nueva Rinconada. Algunas casas incluso se cayeron. En aquel momento ningún habitante había recibido aún formación en prevención de terremotos y cundió el pánico. Hoy, gracias a la labor que Predes ha realizado junto con los vecinos y vecinas, en el 7 de enero todo el mundo sabe cómo actuar en cuanto comienza el temblor de tierra. Así, Vicente da la voz de alarma a través de la megafonía. Inmediatamente, a lo lejos, comienzan a oírse el eco de los silbatos de quienes han recibido el mensaje. Y es que si hay algo para lo que el cerro es bueno es para transmitir el eco. Todo se oye, un ladrido, una voz, un grito de auxilio. Tras ello, un vecino recorre las casas con un megáfono instando a la gente a reunirse en las zonas seguras, que se encuentran señalizadas con una gran S y despejadas de postes, tejados o muros que puedan caer sobre las personas. Finalmente todos los habitantes se reúnen en un gran círculo en la pista deportiva que construyeron recientemente, el espacio más plano y despejado del que disponen. Como si fuera un juego, los niños y las niñas se tapan la cabeza con los brazos. Así les han enseñado a hacerlo en la escuela. Algunos vecinos portan una mochila de emergencias que han preparado ellos mismos y que siempre está a la vista en casa, lista para agarrar y salir corriendo.

Cuando suceda el terremoto toda la ciudad de Lima volverá la vista a los cerros. Esos cerros que les avergüenzan tanto como para esconderlos tras un muro. Mirarán desde la distancia y se preguntarán cómo se las estarán manejando allá arriba. Pero hasta que eso suceda los habitantes de los cerros seguirán trabajando para estar preparados. “Un pueblo desorganizado, que no se prepara o no se capacita en nada, que está metido en casa, es capaz de morir aplastado. Pero un pueblo organizado siempre va a estar alerta a cualquier cosa”, concluye orgullosa Sara.

Sara, Analí y Vicente viven al otro lado del muro. Un muro que no solo está presente en Lima. Un muro infinito y atemporal que lleva dividiendo a la humanidad desde mucho antes de que los cerros de Lima se poblaran. El muro de la desigualdad.

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