Género

Las 'pagadoras' del narco

Por José Luis Pardo / Dromómanos

Una prisionera habla por el teléfono desde su celda del Penitenciario Femenino de Culiacán, México. Foto / ALFREDO ESTRELLA/AFP/Getty Images
Una prisionera habla por el teléfono desde su celda del Penitenciario Femenino de Culiacán, México. Foto / ALFREDO ESTRELLA/AFP/Getty Images

Un día después de comprar el boleto de autobús que la llevaría a la Ciudad de México por primera vez, Rosa Julia Leyva entró en casa de su comadre y vio montones de billetes nuevos, verdes, para ella hasta entonces desconocidos. Tardaría años en saber que aquellos fajos apilados en paquetes eran dólares. En la comunidad de la sierra de Guerrero donde nació —de la que dice no desvelar el nombre, "para que no nos maten a los dos", dice—, solía cargar apenas unos pesos para comprar en la tienda del pueblo. La supervivencia la ofrecía la tierra. Desde niña paseaba por los caminos polvorientos, rodeada de perros esqueléticos y miraba con asombro los campos de maíz, frijol, limón, mango, papaya, calabaza, flor de jamaica: nunca sería rica, se decía, tampoco pasaría hambre. Pero cuando tomó la decisión de viajar a la capital para ser otra cosa más que campesina, se había convertido en madre soltera, fruto de una relación esporádica con un hombre que había llegado a la comunidad a construir la escuela. Sus padres la habían echado de la casa familiar.

Al mismo tiempo que llegaba a la veintena, el paisaje de la comunidad cambiaba. "El cemento enterró a los indios", reflexiona ahora en su pequeño departamento de Ciudad de México. A principios de los años 90, llegó la luz eléctrica y la comunidad se pobló de paneles solares. Las energías renovables llegaban al pueblo patrocinadas por los traficantes con un objetivo: secar la goma que se extrae de la amapola. Al lado de aquellos cultivos idílicos de su niñez, Rosa Julia también veía las extensiones de marihuana y de amapola, a la que su madre llamaba la flor del diablo, a los niños con sus pequeñas manos perfectas para rayar la bellota de la flor, a los hombres afanándose en extraer la  llamada miel. "Yo pensaba que las amapolas eran muy bonitas. Hacía arreglos con ellas. Se vivían otros tiempos. Si había narcos, eran discretos. Si venía la Marina o el Ejército tú sabías que te tenías que callar la boca. Estaba en el ambiente. Nadie te lo tenía que decir. Si sabías te callabas y si no sabías también. Era como aprender a nadar o cargar en la cabeza".

—¿Por qué de la flor tan bonita, hay tantos desaparecidos?

—¿Por qué hay tanta muerte?

—¿Por qué de colores tan bonitos hay tanto dolor?

Se pregunta ahora Rosa Julia sobre la situación de Guerrero, uno de los estados más violentos de México y donde se produce alrededor de las tres cuartas partes de la heroína que cruza la frontera hacia Estados Unidos.

Solo un día después de abordar el autobús hacia Ciudad de México, descubriría que aquellos billetes verdes también estaban relacionados con la amapola, la flor de la heroína. Su comadre le propuso que le ayudara a llevar alguno de los paquetes de dinero hacia la capital a cambio de pagarle el boleto de regreso. "Lo único que pensaba es que no haría ese viaje sola", dice Rosa Julia. Cargó cinco cajas de mango manila que tenía pensado vender con un primo que vivía en la capital y junto con la familia de su comadre, las bolsas de dinero, los guajolotes, los costales de chile, "la sonora santanera" y otras bolsas de las que desconocía el contenido, se subió al autobús. Su hija, Yolotzli, lloraba en la orilla del camino pidiéndole a su madre que la llevara con ella.

En la estación de autobuses de Ciudad de México, Rosa Julia esperó a que llegara su primo, que había quedado en recogerla. Nunca apareció. La camioneta se le había descompuesto. Sin dinero, sin la dirección familiar, sin saber escribir ni leer, con un español rudimentario, Rosa Julia intentaba tomar una decisión mientras sus ojos procuraban almacenar aquel fresco de miles de personas que caminaban apresuradas hacia algún destino.

—¿Qué va a hacer si no tiene nada?—, le dijo su comadre, —Vamos a Tijuana, nosotros le pagamos el boleto de avión.

Rosa Julia, que apenas había salido de su comunidad, viajaría hacia la frontera en avión. En su pueblo, le contaban a los niños que los aviones eran de buen augurio: traían a los bebés.

***

—¡Policía Judicial Federal!—, gritó un agente.

Rosa Julia estaba de pie en la terminal 1 del aeropuerto de Ciudad de México cargando con dos bolsas, una de dinero y la otra con un contenido desconocido, que su compadre le había pedido que le aguantara para poder cuidar a su hijo. Se había quedado absorta admirando una estatua de un hombre de bronce cuando aquel grito la devolvió al bullicio de la realidad. Marcos, un perro policía, se abalanzaba con excitación sobre ella mientras el agente empezaba un interrogatorio que con diferentes actores se alargaría durante semanas.

—¿Qué lleva en las bolsas?—, le preguntó el policía.

—Dinero—, respondió ella con naturalidad.

—¿Por qué no declaró sus bienes?

El agente la acompañó a la comandancia de la policía. Rosa Julia todavía no había conseguido hilar la secuencia, pero empezaba a sospechar que ocurría algo malo. Desesperada, empezó a llamar a su comadre. Hacía tiempo que había desaparecido. "Pensaba que todo se iba a arreglar, que era un mal sueño, algo mágico tenía que ocurrir", dice Rosa Julia. Ella insistía en que tenía que ver a su comadre, que no sabía cómo regresar a casa. Las risas de los agentes la perturbaban más. Cuando otro policía vació el contenido de la segunda bolsa supo con certeza que aquel boleto de autobús que había comprado en su comunidad días atrás era un boleto sin regreso. "Era una sustancia negra de un olor tan intenso que se te saltaban las lágrimas y los mocos. Mientras abría el paquete me dijo: si supieras cuánto te va a caer. Traes una droga de la flor de la amapola".

Los agentes le empezaron a preguntar por el jefe de la banda, por militares involucrados en el narcotráfico, nombres que ella desconocía pero que con los años recita de memoria. Tiempo después también descubriría que sus compadres eran unos de los principales acopiadores de droga de Guerrero. "Me los imagino ahora en una mansión de Miami, panza arriba", dice con rencor. Antes de que los agentes le vendaran los ojos y la ataran de pies y manos, uno de ellos le lanzó una amenaza:

—¡Vas a ver lo que te va a tocar vivir, india!

***

Rosa Julia para un momento de hablar y se levanta la manga de la blusa para enseñar unas cicatrices en forma circular. "Creo que aguanté porque mi mente se detuvo", prosigue. Calcula que llevaba una hora y media dentro del vehículo que la transportaba desde el aeropuerto cuando escuchó por radio que estaba llegando al Campo Militar número 1 de la Ciudad de México. Durante quince días los militares le preguntaron por los generales implicados en la trama criminal y le ponían encima una manta electrificada cada vez que decía que no sabía nada. La quemaban, sospecha que con cigarros o encendedores. Cansados de las respuestas negativas de Rosa Julia, los militares la entregaron a la Procuraduría General del Estado (PGR). Dice que en aquel momento era como un bulto sanguinolento, con excrementos secos pegados al cuerpo.

—India mustia, con la milicia y todo su entrenamiento no te hicieron hablar… conmigo hablan hasta los muros. ¿No quieres comer? ¿No sabes que después de coger da hambre?

Esa fue la bienvenida que le dio El Lobo, un agente de la PGR, de bigotes rubios, alto, con acento del norte de México.

De su paso por la PGR, Rosa Julia recuerda las uñas clavadas de El Lobo, su peso encima de ella, su olor a naftalina que hoy todavía le repugna. "No me acuerdo de cuántas veces me violó. Creo que me morí y soy otra. Porque yo le pedí a Dios que me muriera", dice con su voz ronca. Y por último, el escudo nacional estampado en el documento en el que puso su huella dactilar sin saber que estaba firmando su confesión.

Rosa Julia nunca supo cuánta heroína cargaba. Su juicio fue rápido. La habían agarrado en flagrancia y, quebrada por la tortura, se había declarado culpable. Junto a ella fueron sentenciadas otras mujeres y tres hombres, todos por tráfico de drogas. Uno de ellos, le dijo: "Para de llorar, no hiciste algo mal, pues ahora a pagar. La gente de Guerrero no somos así". Se llamaba Rubén. Pero las palabras que más le dolieron fueron las que escuchó de un juez: "Pinche vieja, dejó solos a sus hijos". Fue condenada a 25 años por tráfico de drogas. Los siguientes doce años los pasaría en prisión.

***

En los últimos años se ha duplicado el número de mujeres encarceladas en América Latina. En Argentina un 65 por ciento de las mujeres en prisión han sido condenadas por delitos relacionados con drogas, en Brasil un 60 por ciento, en Costa Rica un 75 por ciento y en Colombia y México rondan el 50 por ciento, según un estudio realizado por prestigiosas instituciones como WOLA o IDPC. En la cadena del tráfico de drogas, las conocidas como mulas, ocupan el eslabón más débil: pocas ganancias y mucho riesgo.

"Son personas pobres, con bajos estudios, embarazos tempranos, violaciones físicas, principales sustentos de sus hijas e hijos, sin antecedentes penales, responsables de delitos no violentos y a veces con uso de sustancias sin haber sido atendidos. Estos contextos de alta marginalidad facilitan el involucramiento en estos delitos contra la salud, pero sobre todo facilita su encarcelamiento. Son blancos muy fáciles para el sistema penal", analiza Corina Giacomello, investigadora y autora del libro Género, drogas y prisión. Experiencias de mujeres privadas de su libertad en México.

"En Oaxaca muchas mujeres vienen desde Centroamérica con transporte de marihuana. Están sentenciadas a diez años de pena mínima y sus bajos recursos económicos se manifiestan en el derecho al acceso de la justicia, que es prácticamente nulo. Los defensores de oficio tienen una gran carga de trabajo. Entrevistamos a mujeres con más de dos años en prisión preventiva. Desde el momento que las aprehendieron su familia no sabe nada de ellas", dice Isabel Blas, investigadora de Equis Mujeres, una oenegé que trabaja por los derechos de las mujeres.

"Cuando eres patarrajada y el poder está encima de ti, quién te va a ayudar. El Estado de derecho es como un collar, cada uno le pone las perlas que puede", reflexiona Rosa Julia con su ingenio costero.

Después del juicio, la trasladaron a una celda con capacidad para cinco personas pero en la que vivían 25 internas con una sola letrina. Lo primero que le llamó la atención fue ver a dos mujeres besándose. "Yo pensaba que era una gran pecadora por tener una hija fuera del matrimonio, a ellas pensaba que se las iba a tragar la tierra". El impacto más fuerte, sin embargo, fue ver cómo fumaban piedra, cómo se inyectaban, el olor perenne a marihuana, los gritos alucinados en las noches. "Ellas eran de otro mundo, me sentía la más afortunada de la celda", dice Rosa Julia, a pesar de todo lo que había sufrido hasta ese momento. La mayoría de sus compañeras se ajustaban al perfil de "las corregidas", personas que han transitado por la vida pasando por el correccional y la prisión. Algunas ya habían matado con 13 años.

A la que más temía de todas era a Julia, una mujer que decía no saber de qué perra había nacido y que lucía una cicatriz en la cara, otra en el brazo y una tercera en la pierna. Según contaba se había levantado así una mañana después de quedarse dormida bajo los efectos de la droga en un basurero. Con el tiempo, Julia se convirtió en su gran amiga. Ella le presentó a "la madrina" de la cárcel, una mujer con relaciones en el poder que cumplía condena por un fraude en la bolsa de valores. Rosa Julia se convirtió en su criada para percibir un sueldo. En las cárceles todo tiene un precio. Limpiaba la ropa, cocinaba, atendía sus necesidades. En la celda de su nueva jefa pisó por primera vez una alfombra, conoció el champán, el salmón y, sobre todo, el perfume, su artículo fetiche, el regalo que su actual pareja y su hija le regalan en las fiestas.

La rutina carcelaria que se desarrollaba entre su cochambrosa y hacinada celda y el refugio en el que trabajaba, donde podía ver esa vida de ricos que nunca había conocido, se rompió el día que Rubén, aquel guerrerense que había conocido fugazmente en su juicio, le escribió una carta de amor. Rosa Julia todavía no sabía leer ni escribir, pero sus compañeras le dijeron que le contestara. Rubén era un pagador, un hombre que se había inculpado a cambio de una promesa de ascenso en la organización criminal y muchos dólares. Rosa Julia era una pagadora, una mujer que estaba en el momento equivocado en el lugar equivocado. Que paga la pena de otros y progresivamente se va quedando sola. Las cartas desembocaron en una relación y esa relación en el nacimiento de Manolo.

Su hijo vivió con ella en la cárcel durante su primer año y dos meses de vida, hasta el día en que una cucaracha se le metió en el oído y a punto estuvo de matarlo. Rosa Julia se asustó tanto que decidió que Manolo se fuera a vivir con unos familiares. Rubén la dejó. Por segunda vez en su vida, se desprendía de un hijo.

***

Rosa Julia vuelve a parar su relato y agarra unos papeles de una bolsa. En ellos está escrito el comienzo de una autobiografía que quiere leer en el Senado de la República en los próximos meses. Su objetivo es que las presas no puedan criar a sus hijos dentro de la cárcel. Muchos expertos dicen que es imposible legislar esa relación materno filial porque debe estudiarse caso por caso, pero ella está convencida. "Si tú perdiste tu libertad por elección quién eres tú para quitarle la libertad a otro en nombre del amor. El niño se va a chutar todo el estado de ánimo de la mamá. Quiero que se me escuche. Muchos investigadores podrán decir lo que quieran".

Después de salir de prisión, Rosa Julia se convirtió en funcionaria. En la cárcel aprendió a leer, a escribir y allí conoció a su actual pareja, Jorge Correa, durante un taller de teatro que él había ido a impartir a las presas. Hoy, recorren juntos penales de máxima seguridad para dar un poco de luz a hombres con condenas en muchos casos para toda una vida. Algunos de sus actores han estado en los cárteles y las matanzas más sanguinarias de los últimos años en México. Los dos están orgullosos de su trabajo, pero lo que ocupa la mayor parte del cerebro de Rosa Julia es su papel como madre.

—Veía a mi hija de pequeña y me preguntaba qué le iba a dar de comer. Pensaba si era una mamá de diez o de cinco. Y pasando los años me lo sigo preguntando.

—Somos buenas amigas—, responde Yoliztli, que hoy está de visita y se acaba de despertar de la siesta.

Unos minutos después agarra el celular y muestra unas fotos de Manolo, ya un adolescente. "De todos los círculos de mi vida, siento que éste es el último que me queda por cerrar".

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